RUTA DA SEIMEIRA

 

Concejo:  SANTA EULALIA DE OSCOS

Itinerario:  Pumares – Ancadeira (Abandonado) – Cascada da Seimeira – Ancadeira - Pumares

 

Características:  Naturaleza; río y bosque

Paisajes:  Bosques de roble y castaño; Río de montaña

Duración aproximada:  2-3 horas                    Longitud:  7 Km.

Dificultad: Baja                                                  Desnivel máximo:  120 m.

 

Equipamientos y puntos de interés:  Area recreativa de Pumares; Ancadeira, aldea abandonada; Cascada de la Seimeira 

 

 

El punto de partida para nuestro recorrido es el área recreativa de Pumares,  cruzamos la carretera y nos dirigimos a la aldea que le da nombre. Antes de seguir nuestro camino hacia delante, merece la pena pararse unos minutos entre sus casas de pizarra perfectamente arregladas y empezar a trasladarnos a otra época. Retomando nuestra ruta nos adentramos en un bosque remontando el cauce del río Agüeira que tenemos a nuestra izquierda.

El recorrido, en ligerísima ascensión, es cómodo y está bien señalizado. El bosque se empieza a cerrar, protegiéndonos del sol los días de calor y del agua los días de orbayo. Avanzamos sin prisa deleitándonos con el discurrir del agua del río, con los característicos robles y con castaños monumentales de caprichosas formas. Casi todo el camino está guardado por paredes de piedra adornadas con musgo y otras plantas y si estamos en los meses de otoño nuestros pasos se amortiguan en una mullida alfombra de hojarasca.

Después de una ligera subida tenemos sobre nuestras cabezas las casas abandonadas de Ancadeira. El estado de algunas de sus construcciones nos indica que hasta hace no mucho tiempo esta aldea recóndita estuvo habitada. Fue durante los años setenta cuando sus últimos pobladores se dieron por vencido y buscaron lugares a los que ya hubiera llegado el progreso.

Dejamos atrás Ancadeira y entramos en el Bosque del Desterrado, su nombre viene por un santallés a quien se prohibió salir de sus límites. El camino cada vez nos va cautivando más, llegamos a un souto de castaños en una de las pocas zonas llanas que vamos a encontrar. Tras una subida de piso pedregoso alcanzamos a ver al fondo, a nuestra izquierda, la parte alta de la seimeira, nombre que damos aquí a las cascadas. En pocos minutos llegamos al final de la senda, encontrando una bifurcación. A la izquierda nos conduce a los pies de la cascada, si bien desde aquí no se puede apreciar en toda su magnitud porque estamos en un lateral de ella. El camino de la derecha es estrecho y, en épocas, resbaladizo, así que hay que extremar precauciones, pero merece la pena porque tenemos una visión frontal de la cascada. Impresionante por su altura y en épocas de lluvias por su fuerza y resonancia.

La vuelta la haremos por el mismo sendero en sentido inverso, finalizando en el área recreativa de Pumares, lugar idóneo para comer o merendar, con fuente de buena agua. En la estación estival, si el tiempo acompaña, podemos refrescarnos dándonos un baño en una poza que se abre en el río, escondida entre la arboleda.

 

Salida desde el Albergue Vega del Carro.

(Vega del Carro – As Poceiras – Pumares. Distancia 4 Km.)

 

Podemos ampliar esta ruta saliendo desde el albergue. Para ello bajamos la pista de asfalto hasta la Casa del Roxo, ahí en vez de dar la curva seguimos de frente hasta encontrar un camino que sale a nuestra derecha. Desembocamos en una pista ancha de tierra que atravesamos para coger una senda que desciende suavemente hacia el río Barcia. Una vez pasado el puente ascendemos por un bosque hasta As Poceiras.

 

Andamos unos 100 metros por la carretera en dirección Santa Eulalia hasta encontrar una senda habilitada a la derecha que baja directa a Pumares entre bosques y prados. Entramos a la aldea dejando el área recreativa a la izquierda y empezando la ruta hacia la derecha.

 

LA LEYENDA DEL DESTERRADO

Cuentan los mayores de nuestros vecinos que hace muchos años habitaba en Santalla un señor para el que trabajaba un obediente criado.

Una tarde, regresaban de una jornada de caza y se dirigían a escuchar misa, pero se les hizo un poco tarde. El señor, que no quería perderse la celebración, ordenó al muchacho que se adelantara galopando y diera orden al cura de retrasar la cerenobia para que le diera tiempo a llegar. Así hizo, dando fusta a su caballo llegó a la iglesia antes de iniciar la misa. Le dijo al señor cura que aguardase, que su amo estaba en camino, que no tardaría mucho en llegar y que tenía mucho interés en oír la misa. El párroco, viendo que ya estaba congregado todo el concejo, pese a las súplicas del joven se negó a retrasar la hora de inicio y comenzó la liturgia.

Cuando llegó el señor, ya estaban abandonando todos la iglesia, pidió explicaciones a su criado y, después de oír su argumento, se enfureció de tal modo que le ordenó que matase al cura o que ahí mismo mandaría matarle a él. El criado viéndose tan acosado no vio otra solución que obedecer a su amo. Mató al cura con la esperanza de que no le prendieran pero su mismo amo le delató.

La pena que le correspondía al joven era morir en la horca y así se propuso todo, con día y hora para su ejecución.

Por aquellos tiempos, se daba la circunstancia de que todos los vecinos de Santalla excepto nueve pertenecían a la nobleza. Una disposición real otorgaba el título de hidalguía a todos aquellos habitantes que fuesen autosuficientes, o lo que es lo mismo, aquellos que no necesitaran trabajar para nadie, ni que necesitasen comerciar con nadie. Como quiera que en los Oscos casi todas las caserías producían todo aquello que necesitaban para vivir, a muchos de sus vecinos se les concedió el título de hidalgos. Estos hidalgos no poseían riqueza y trabajaban de sol a sol para sobrevivir pero tenían un título y una serie de privilegios.

Llegado el día del ajusticiamiento se congregó casi todo el concejo para asistir al espectáculo. A la hora de levantar la horca, como los nobles no podían ejercer de verdugos no había brazos suficientes capaces de elevarla. Hubo que cambiar la sentencia del criado y, librado de la ejecución, se le desterró de por vida en el bosque más recóndito que había por la zona. Por aquel entonces poca gente se aventuraba a ir más allá de la aldea de Ancadeira y allí lo confinaron. Desde entonces ese bosque se conoce con el nombre del Bosque del Desterrado.

 

 
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